De convulsiones frecuentes a una vida normal: La historia de Luis

Luis con su mamá, Olimpia

A los tres años, empezó a convulsionar. Luego de unos exámenes medicos, le diagnosticaron epilepsia y dijeron que nunca caminaría ni hablaría. Estaba destinado a pasar su vida postrado en una cama, o al menos eso dijo el médico.

Después de someterse a una cirugía cerebral, le recetaron medicamentos. Pero era caro y su padre solo tenía trabajo en las fincas durante seis meses al año, mientras que su madre solo ganaba muy poco por la venta de refacciones de tortilla de maíz los fines de semana.

Escaso de dinero, sus padres redujeron la dosis de medicamento que había recetado el médico para que durara más tiempo. Luis solo tomaba 1 centímetro de los 4.5 centímetros recetados. Pero eso evitó que la medicación fuera efectiva y Luis, que ahora tiene 11 años, sufría de convulsiones frecuentes. 

Su epilepsia no le permitió ir a clases hasta los nueve años, lo que a menudo le obligaba quedarse en casa. Fue común que perdiera una semana completa de clases y cuando convulsionaba en la escuela, los demás niños se asustaron.

 

A pesar de esta dificultad, le encanta asistir a clases y aprender. Rompía en llantos cuando veía a sus tres hermanas ir a la escuela, por lo que tuvo que repetir el primer grado varias veces. 

 

Era muy apegado a su madre la seguía a todas partes, incluso al baño. A Luis no le gustaba jugar con otros, estaba inquieto, se distraía fácilmente, y luchaba por seguir las instrucciones.

Luis recibe su regalo del convivio navideño

No había muchas esperanzas sobre su futuro. En marzo de este año, sus padres se enteraron de Adisa. Y desde entonces, nuestros donantes nos han permitido subsidiar los medicamentos de Luis para que sean más accesibles para sus padres.

Ahora toma la dosis correcta y no ha tenido ni una sola convulsión desde esa fecha. Asiste regularmente a la escuela y su maestro lo elogia por ser tan estudioso.

 

La actitud de Luis ha cambiado bastante. Él puede enfocarse, seguir instrucciones y comunicarse sin depender de su mamá. Ahora es más independiente; le gusta jugar con sus hermanas, tiene otros amigos de su comunidad y le encanta ir a comprar helados por sí mismo.

 

"Sin Adisa, su vida habría sido muy triste", dijo Rebecca, su madre. "Habría sido muy triste saber que su condición puede ser tratada pero que éramos demasiado pobres para brindarle ese tratamiento. Estamos muy agradecidos de que podamos dárselo ahora." 

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