De un niño encamado a un contador próspero: la historia de Salvador

Salvador ama su trabajo como contador de la tienda de artesanos de Adisa. Sentado en su silla de ruedas, Salvador, un hombre de 27 años, se alumbra al explicar cómo él le da seguimiento a los gastos de la organización y a los pagos entrantes.

 

Cuando no está ocupado con la teneduría de libros, Salvador le ayuda a los otros catorce artesanos con discapacidad a hacer bolsas, cuencos y decoraciones navideñas hechas de papel periódico reciclado.

“Yo estoy tan feliz y orgulloso de lo que hago ahora,” dijo Salvador. “¡Nunca me imaginé que iba a lograr tanto!”

Salvador nació saludable, pero empezó a sufrir de artritis reumatoide cuando tenía cinco años. Sus papás no tenían el dinero para llevarlo al hospital para tratamiento necesario, así que él permaneció encamado por tres años. Salvador no podía mover ni sus brazos ni sus piernas y sus rodillas estaban recogidas en su pecho.

 

Él estaba seguro que nunca tendría la oportunidad de ir a la escuela y entró en depresión. El apartamento de su familia se convirtió en su mundo ya que era el único espacio accesible, el largo tramo de escaleras desde su casa hacia la calle no lo dejaba salir obtener ayuda de alguien más.


Pero, cuando Salvador tenía ocho años, él tuvo una visita en Adisa que cambió su vida. En vez de permanecer encamado por el resto de su vida, comenzó a recibir tratamientos.

 

Pasó los siguientes tres años en un hospital cerca de la ciudad colonial de Antigua, donde tuvo varias operaciones en sus caderas, rodillas, y talones. Aunque tuvo varias cirugías para mejorar su condición, Salvador seguía débil y no podía caminar.

 

Cuando regresó a su pueblo de Santiago Atitlán, ubicado a las orillas del Lago Atitlán, Salvador empezó a recibir terapias en Adisa. Argentina, una de las fundadores de Adisa, también lo alentó para que atendiera la escuela de educación especial de Adisa.


Pero la vida era difícil. La casa de sus papas no era accesible para él en silla de ruedas, así que se regreso a Antigua donde vivió en una casa de una organización no gubernamental llamada Transiciones por cuatro años.

Cuando era un adolescente, Salvador se sentía inseguro de si mismo y se preguntaba qué había hecho para merecer esta discapacidad. Pero con la ayuda de amigos y psicólogos, el gradualmente se acopló.

 

Cuando él tenía 23 años, se graduó de la secundaria, donde estudió para ser contador. Sus estudios y habilidades lo llevaron a obtener el trabajo en Adisa.

 

Salvador forma parte del dos por ciento de personas con discapacidad en Guatemala que tienen empleo. La mejor parte del trabajo en Adisa es que integra a las personas que usualmente son marginalizadas a la fuerza de trabajo.

“Aunque no se llevan mucho dinero a casa después de un mes de trabajo, les ayuda a sentirse incluidos y a ayudar a su familia económicamente,” dijo Salvador. “Es una manera de sacar a las personas con discapacidad de sus casas y empoderarlas.”

Para Salvador, el impacto que Adisa ha tenido en su vida es evidente.

 

“Si no fuera por Adisa, yo me hubiera quedado en mi casa,” dijo Salvador. “He aprendido tantas cosas que nunca hubiera tenido la oportunidad de aprender si no fuera por Adisa.”

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